Vogue | Eduardo Sarabia: La Bella Unión entre arte y vino, bajo el sol de Napa

Primero tuve que entender que el Valle de Napa, al norte de California, se encuentra flanqueado por dos cadenas montañosas: las Montañas Mayacamas al oeste y la Cordillera Vaca al este. Al centro, sus hileras de viñedos trazadas en líneas rectas y esa luz dorada que permanece suspendida unos segundos más de lo necesario, antes del atardecer. Pero incluso en una región famosa por cultivar experiencias de lujo inolvidables, la nueva residencia artística de Bella Union (parte del grupo Far Niente) propone algo distinto: una conversación entre vinos, paisajes, arte contemporáneo y memoria.
Un vuelo desde la CDMX a San Francisco, una hora y media en carretera, la vid y sus rosales nos reciben. Es primavera y la propiedad abre sus puertas de par en par. Un edificio que no resulta intimidante. La arquitectura respeta las vistas y prioriza el buen clima. Un árbol centenario está en el corazón del patio, es a la vez punto de encuentro y de partida.
La renovación de los arquitectos Jason Kerwin y Mike Niemann, ofrece algo más allá de la expectativa habitual de quien visita una bodega. Esperaba recorrer viñedos, escuchar sobre variedades de uva y degustar algunas de las etiquetas que han convertido a California en una potencia vitivinícola mundial. Lo que no esperaba era encontrarme con una obra artística anclada a la esencia de Bella Union, sin sentirse forzada.
"El arte no son solo cosas: pinturas colgadas en las paredes o esculturas sobre pedestales. El arte es un mundo. Movimientos emergentes. Reflectores que cambian de dirección. Historias fascinantes y perspectivas que se confrontan. Es vibrante, dinámico, lleno de opiniones y está vivo. Gran parte de ello —la mayor parte, en realidad— sucede detrás de puertas cerradas. En The Cultivist, abrimos esas puertas", me explica Joey Lico, a cargo de la curaduría y de esta "bella unión". Abrimos la primera de tantas botellas y la conversación se decanta en el contexto del mundo actual, los retos del arte y el mercado; pero prevalece un espíritu de pasión al hacer las cosas.
Napa: Cultivando Arte y Vino
La presencia de Eduardo Sarabia (1976, Los Ángeles) se percibe antes incluso de identificar cualquier pieza en concreto. Alto, encantador y con la expresión de siempre estar pensando en algo. El artista mexicano-estadounidense, cuya obra ha explorado durante décadas las fronteras —geográficas, culturales y simbólicas— entre ambos países, fue seleccionado para la segunda residencia artística que trasciende la lógica tradicional del encargo.
Las piezas dialogan con la tierra, con la historia de ambas regiones y con una conversación mucho más amplia sobre la pertenencia y el territorio. Son temas recurrentes en la trayectoria de Sarabia, pero adquieren una resonancia particular en pleno Valle de Napa, una región de prosperidad que ha sido construida por generaciones de trabajadores de la tierra, esos que rara vez ocupan el centro de la narrativa.
Por primera vez lo tuve claro: el vino es agricultura y así debe ser entendido. En este fin de semana también comprendí la tensión constante que define la producción de Sarabia: la coexistencia entre arte y trabajo manual, entre paisaje y la realidad social, entre las fronteras visibles y las invisibles. La experiencia se alejaba cada vez más de la simple visita a una bodega para acercarse a una reflexión sobre el papel que el arte puede desempeñar dentro de espacios tradicionalmente asociados al lujo.
"Desde niño he querido ser artista", me confesó. Lo que ha cambiado es su definición de lo que esto significa. Entre viajes, su trabajo en el taller y las ferias de arte internacionales, hoy sus intereses se extienden más allá de la producción y las exposiciones. Sarabia me habló de los proyectos sociales que lidera en Jalisco, de crear comunidad, de contagiar emociones, así como de construir plataformas donde otras personas puedan imaginar nuevas posibilidades.